Cuando vas a una boda y te encuentras con que uno de los invitados aparece vestido con un traje blanco de solapas anchas, una camisa rojo sangre desabotonada hasta el cuello, una cadena gruesa de oro enredándose en los pelos del pecholobo, unas gafas de sol muy oscuras, una barba espesa y un pelo largo hasta los omóplatos recogido en una coleta, sabes que la celebración de esa boda va a ser especial.

Y cuando al tipo en cuestión lo acompaña otro con voz de bebedor compulsivo y con una risa que hace pensar en los psicópatas homicidas de las películas hollywoodienses de suspense, ya no te quedan dudas.

Conclusión: una celebración magnífica y extremadamente divertida.

Claro que yo iba con Kiventaja.